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El Movimiento #MeToo de México

Women march for the International Day for the Elimination of Violence against Women in Mexico City on November 25, 2017. © Emilio Espejel/NurPhoto/Getty

El mes pasado, las mujeres de México se volcaron a los medios sociales para denunciar la violencia que viven a diario y, bajo la consigna #MeToo en Twitter, interpelaron a quienes perpetúan el maltrato de la mujer y a los que no hacen nada para detenerlo.

Cabe señalar que esta forma de protesta no es nueva en el país. Durante años, las mujeres se han expresado tanto en línea como fuera de Internet contra este tipo de violencia. Lo que distingue a esta última modalidad es que, por primera vez en línea, la mayoría de las mujeres identificaron por su nombre a los agresores y señalaron como responsables a las organizaciones para las que trabajan. 

Asimismo, no solo hay cientos de mujeres que contaron sus vivencias, sino que además se unieron y crearon una categoría de cuentas de Twitter #MeToo que amplifican la repercusión de su mensaje. En general, estas cuentas se dividen según áreas laborales (por ejemplo, hay cuentas dedicadas a escritores, artistas o periodistas) u organizaciones (como universidades) y publican los testimonios de víctimas. Algunos de estos grupos, como los dedicados a escritores y periodistas, han capitalizado esta ocasión para instar a las instituciones —incluido el Gobierno— a que tomen medidas. 

Así, este momento del #MeToo no se limita a poner de manifiesto un problema (la violencia de género contra la mujer) y unir a las mujeres, sino que también tiene una dimensión de rendición de cuentas y de reparación. Para muchas mujeres, no se trata de demostrar que existe este problema, pues ya lo han estado haciendo durante años. La pregunta es qué vamos a hacer los demás al respecto.

En conjunto, los testimonios de estas mujeres ponen de relieve al menos tres conversaciones urgentes que deberíamos tener como sociedad. 

La primera conversación es sobre nuestros sistemas de justicia. Muchas mujeres han sido claras sobre una cuestión sumamente importante. Nuestros sistemas actuales, sobre todo de derecho penal, no han solucionado este tipo de violencia. Y las estadísticas lo confirman: la mayoría de las veces que las víctimas denuncian esta forma de violencia —aunque, en general, no lo hacen—, sus casos pierden impulso en las fiscalías, incluso antes de llegar a los tribunales. Las posibilidades de obtener una condena por este tipo de comportamientos son casi ínfimas.

Ciertamente, sería equivocado suponer que el problema se limita a la falta de represión penal suficiente. Lo que muchas en el movimiento #MeToo están pidiendo es algo más profundo: una reparación adecuada. Esto incluye, sin dudas, que se reconozca la violencia que han vivido, pero además abordar todas las demás consecuencias de la violencia, como los ingresos no percibidos, los empleos perdidos, la educación no recibida, la pérdida de oportunidades y la pérdida de salud física y mental. ¿Qué mecanismos existen que garanticen que se atiendan estas pérdidas? ¿Y qué mecanismos hay para garantizar que nunca vuelvan a ocurrir? 

Tal vez estas sean las conversaciones más importantes que puedan surgir a partir del #MeToo, es decir, las relativas a la responsabilidad de las instituciones educativas y los lugares de trabajo de prevenir esta violencia. En los hechos y en las normas, son responsables, y las mujeres están en su derecho al exigir que den cuentas. Lo importante es asegurar que su responsabilidad no se limite únicamente a despedir a las “manzanas podridas”. Tal como lo revelan las historias de las mujeres, el problema va más allá de personas específicas, ya que el acoso se manifiesta en entornos institucionales donde prevalecen la desigualdad y la arbitrariedad. Debemos repensar radicalmente cómo funcionan nuestras instituciones educativas y lugares de trabajo para preservar lo que realmente está en riesgo: la garantía de que todas las personas puedan tener una vida sin violencia.

Estefanía Vela Barba es becaria de Open Society Foundations.

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